Hubo un tiempo en que Azcapotzalco despertaba con olor a combustible. Las torres de combustión dibujaban el horizonte y el humo formaba parte del paisaje cotidiano. La Refinería 18 de Marzo no era solo una instalación industrial: era el corazón energético del norte de la Ciudad de México.
Construida en 1934 por la compañía El Águila y nacionalizada tras la expropiación petrolera de 1938, la refinería llegó a procesar cerca de 100 mil barriles diarios. Desde ahí se abastecía buena parte del centro del país. Mientras la capital crecía sin pausa, el complejo se convirtió en símbolo de modernidad, empleo y progreso.

Pero el mismo desarrollo que impulsó terminó por rodearlo. Colonias enteras se expandieron hasta quedar a pocos metros de sus tanques y ductos. Para inicios de los años noventa, la ciudad ya no era la misma. Tampoco el aire.
El 18 de marzo de 1991, en pleno aniversario de la expropiación petrolera, el presidente Carlos Salinas de Gortari anunció su cierre. Informes oficiales señalaban que emitía más de 103 mil toneladas anuales de contaminantes, el 2.4% del total del entonces Distrito Federal. La decisión cambió la historia urbana de la zona.
El desmantelamiento no fue inmediato. Se extendió hasta 1999 e implicó pérdidas estimadas en 500 millones de dólares, además de la reubicación o indemnización de más de 5 mil trabajadores. El debate incluyó temores por desabasto y mayor dependencia de importaciones.
Durante años, el terreno quedó como un enorme vestigio industrial. Un vacío gris entre colonias densamente pobladas. No fue sino hasta 2007 cuando comenzó la transformación que daría vida al Parque Bicentenario, inaugurado en 2010. Tres años de remediación ambiental limpiaron el suelo de residuos acumulados por décadas.
Hoy, donde antes hubo tanques y tuberías, crecen árboles y senderos que ocupan más de 55 hectáreas. La Refinería 18 de Marzo dejó de arder para convertirse en uno de los espacios verdes más grandes de la capital.
Sin embargo, el pasado no desapareció del todo. En 2022, una zona aún bajo control de Pemex se convirtió en depósito de miles de tanques inservibles de Gas Bienestar. Vecinos lo llamaron un “cementerio metálico”. La empresa aseguró que no representaban riesgo, pero el episodio recordó que la memoria petrolera sigue presente.
La historia de la refinería resume la transición de la ciudad: de potencia industrial a metrópoli que apuesta por la reconversión ecológica. Bajo el césped del parque aún late un pasado de acero, humo y petróleo que marcó a Azcapotzalco para siempre.